Sublima, sublime.


Cuando te encuentres de frente
con un espejo retrovisor en tu camino,
sublima, sólo sublima
como los recuerdos puros y eternos
que quedan en tu cofre cardíaco y cerebral.

Cuando la sangre hierva
antes de tomar el té,
sublima, sólo sublima
como un lágrima que cae hasta la comisura de tus labios
para más tarde convertirse en una sonrisa caudalosa.

Sublima, sólo sublima,
tal como el científico que entrega sus descubrimientos
para que tú creas o dejes de creer,
como un artista que moja su pincel,
toma su pluma o amasa la arcilla reciclando su emoción.

Sublima, sólo sublima,
como tu propio sublime
que sólo viaja en tí
haciendo acto de presencia.

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