Este renglón se comienza a llenar, pero ojo… espera. Retrocede. Retrocede. Comencemos el capítulo que sabe que va a borrarse. Remito lo siguiente: si llega a abrirse el telón de tu mente y despilfarras sinapsis para ser mayor, te ruego que no lo hagas. Dame el rol de ser nada por esos minutos o eternamente, de ser un ente anónimo que cautivó por un lapso de tiempo tu imán de ser tentado.
Acábame y sácame fuera sólo en un respiro de silencio. No abras la boca, porque no podré ser el todo que yo quiero. Si quieres convertir a ese alguien que conoces en todo idolatrándola y justificando sus arcadas de vida – su astucia – hazlo. Pero a mi conviérteme en nada, esa es mi forma de ser todo y ser un recuerdo, quizás no para ti, pero si para mi trascendencia.
Eres mi objeto de indiferencia sin cautiverio ahora, en mi derredor, pero tampoco por sentirme en desuso haré de mi historia una tabula rasa ni pasaré en limpio este libro llamado vida, no lo necesito. Ahora ordeno mis ideas, mis sentimientos se han hecho más puros, dejaron la maraña asfixiante y sólo quiero bien para tu vida, si necesitas más tinta para escribirla, hay un río de ésta que puedes encontrar, queda por delante de ti, pero no mires atrás, porque de esa manera no lo encontrarás, te vas a extraviar. Pero no ensucies el río tampoco, no estanques su fluido despreciándolo.
Se van acabando las palabras, las sílabas, ni siquiera hay monosílabos y siento mi reflejo, me miro y no dejo de ser yo misma. Una cucharada de espontaneidad dentro del vaso que se mira mitad lleno. Terminaré el silencio cuando desalojes la inseguridad de tu órgano palpitante que languidece. Y si no sucede nunca, de cualquier manera, me convencen los finales y los comienzos en distintas nebulosas. Siempre daré y daré, no me cansaré de ello jamás.
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