A veces, la compleja abstracción que viene desde abajo del abismo choca conmigo y me empuja al desierto más árido. La sequedad me vuelve a desorientar, tengo sed de humanidad y de su contención, tengo sed de escuchar palabras mejores, porque la sanguijuela está hambrienta y engulle lo poco que queda de paz.
Los vientos atípicos provocan a las almas grises, sus cenizas obstruyen las ideas más suaves.
Pero, al contar las nubes pasar por el cielo, sobre mi cabeza, surge una nueva oportunidad; las gotas caen de golpe, me encuentro con un silencio fraternal y el gran espacio es un nuevo hogar, despierto con la arena en mis manos y camino dos pasos para percatarme que el desierto ya es florido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario