Y existe esa sensación inflamada en la garganta cada vez que grito para ahuyentar o poner límites a la esencia de quienes me acompañan, como si éste fuera el remedio natural y más sensato para poder sentirme mejor. Debido a esa razón, no conozco demasiado mis gritos, más que cuando se da una vez en la vida, no son tan frecuentes los desiertos para mí, porque más allá del camino árido, está ese oasis que siempre me espera y diluye esas coberturas que nunca he pedido, pero que son inevitables cruzarse con ellas, coberturas insípidas. Lo que ocurre en mi arboleda pensativa es que he hecho parte de mí los colores, los sabores, los sonidos, los olores; doy cuenta de mi realidad sinestésica que se hace presente y que me hace gritar en silencio que todos los cielos pueden pertenecerme, no es preciso solicitar permiso para querer una estrella fugaz o el mismo sol eterno. Ahí es cuando me inspiro, sólo lo hacen los gritos de alegría, los que se encuentran ramificados por cada órgano y extremidad que se expresa.De esa manera, agradezco los infiernos que acompañaron noches de un año bisiesto, los que se convirtieron en una razón más para elevarme y poder acabar en el clímax de sentarme en la nube más alta y mirar desde lejos el agujero negro que jamás fue visible para mí. Los infiernos suturaron la herida abierta que nunca supo el por qué de su existencia. No hay cicatrices, no hay armaduras oxidadas, no hay búsqueda de ese corazón de la dimensión remota... Todo es más cerca cuando lo repites en tus sueños, los cuales nunca serán imposibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario