Se apuesta o se paga por la eternidad, queriendo ser alquimistas del cielo y el infierno, personajes de una divina comedia moderna. Pero sólo la eternidad se cree y se crea, como el sentimiento al evolucionar después de haber nacido como emoción, como la lluvia libre de ser un nubarrón, un abrir y cerrar de ciclos que es justo y necesario experimentar.
Hay quienes van en contra de ella, pero tarde o temprano el camino se autodefine más allá de la carne y los huesos. El alma surge, los rayos de sol nos alcanzan como pétalos del viento, polinizándonos con las ideas silvestres y asumiendo ser pasajeros del reloj que corre y nunca se detiene. El oleaje siempre nos alcanza, pero la orilla está a nuestros pies.

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