Dejando espacios.



Los gobiernos de la mente y el corazón se hacen precisos en el momento que ya el capullo deja de ser. Por lo tanto, las anclas quedan suspendidas en un mar de aguas tranquilas, un deseo que haces derecho de tu propia vida.

Hay un mundo que ya encontraste. Te duermes con él, sueñas y sales de éste. Y no es conveniente habitarlo con socios progenitores. Ellos ya hicieron el trabajo de proyectarlo sabiamente y ya hay un cierto punto que la capacidad para dibujar la convivencia se hace demasiado estrecha. Hay que dar los espacios para dejar de hacer chocar tanto los párpados o tullirlos de sollozo.

Y por lo pronto, es conveniente tener los pies ligeros para subir a los rayos pintados del sol. Sin duda, es demasiado conveniente.

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